Como audióloga, hay un dato que comparto con todas las familias que vienen a consulta: más del 60% de los casos de pérdida auditiva en la infancia se pueden evitar con medidas de prevención adecuadas. El ruido es una de las causas más frecuentes que veo, tanto en niños como en adultos, y en muchos casos es perfectamente evitable.
Durante la infancia, una buena audición es clave para el desarrollo del lenguaje, la comunicación, el aprendizaje y la salud mental. Y en la edad adulta, lo que observamos es que la pérdida auditiva se relaciona con mayor riesgo de aislamiento, depresión y deterioro cognitivo. Por eso digo siempre que cuidar el oído es cuidar mucho más que la audición.
Los oídos de los bebés y los niños pequeños son especialmente vulnerables. Su canal auditivo es más pequeño, por lo que los sonidos les llegan con mayor intensidad que a un adulto. Además, su sistema auditivo sigue madurando durante los primeros años de vida, por lo que la exposición a ruidos fuertes puede causar daños permanentes y acumulativos.
Cuándo revisar la audición de tu hijo
Desde mi experiencia en consulta, recomiendo acudir a un especialista y realizar una audiometría infantil si observas alguno de estos signos:
- Sube demasiado el volumen de la televisión o la música.
- Se acerca mucho a la pantalla para oír bien.
- Pide que le repitan las cosas con frecuencia.
- Se distrae o molesta fácilmente con el ruido de fondo.
- Tiene dificultad para distinguir sonidos o prestar atención.
- Presenta retrasos en el lenguaje, problemas de aprendizaje o de conducta.
- Responde de forma inconsistente a los sonidos o mira mucho la cara de quien habla.
Si reconoces alguno de estos comportamientos en tu hijo, no esperes: una audiometría a tiempo puede marcar la diferencia en su desarrollo.
Niveles de ruido y sus riesgos
En consulta suelo explicar a las familias que los sonidos por debajo de 80 decibelios (dB) suelen ser seguros. A partir de ese nivel, la exposición prolongada puede dañar las células del oído interno. Algunos ejemplos que pongo como referencia:
- Conversación normal: 60 dB.
- Aspiradora o secador: 70 dB.
- Tráfico urbano: 80 dB.
- Restaurantes ruidosos o cortacésped: 90 dB.
- Motos o conciertos: 100-120 dB.
- Fuegos artificiales o sirenas: más de 130 dB.
Un detalle que muchas familias desconocen: los juguetes ruidosos también pueden superar los 100 dB. Mi consejo es comprobar el volumen antes de comprarlos y evitar que suenen cerca de la cara o los oídos del niño.
Qué puedes hacer como familia
Estas son las recomendaciones que doy habitualmente a mis pacientes:
- Evita exponer a tu hijo a entornos muy ruidosos siempre que sea posible.
- Usa protectores auditivos (orejeras) en eventos ruidosos como conciertos, fuegos artificiales o partidos, asegurándote de que queden bien ajustados.
- Limita el uso de auriculares y dispositivos personales. Activa los controles de volumen máximo y las funciones de escucha segura.
- Sigue las recomendaciones de tiempo de pantalla de la Academia Americana de Pediatría.
- Educa a tus hijos sobre el cuidado del oído desde pequeños y predica con el ejemplo.
Un mensaje final desde mi experiencia clínica
El daño auditivo por ruido es irreversible y se acumula a lo largo de la vida. Por eso, proteger la audición desde la infancia ayuda a prevenir problemas futuros y favorece un mejor desarrollo del niño.

